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El Salvador es el país más pequeño de Centroamérica. Se trata de un país bastante pobre con una larga historia de violencia, corrupción y crimen. Pese a sus problemas y limitaciones, el país ha logrado crecer económicamente, ha logrado reducir la desigualdad, y ha logrado mejorar en muchos aspectos. La agricultura y las remesas son los pilares de la economía salvadoreña. Sin embargo, el Gobierno gasta más de lo que tiene. Y ese déficit lo cubre con financiamiento internacional. ¿Es buena idea pelear con los acreedores?

La prudencia no siempre da votos. Y los “hombres fuertes” son prácticamente una adicción para los latinoamericanos. Es decir, la población se enamora de sus gobernantes con mucha facilidad. Para muchos, hablar sin filtro, subir la voz, y recordar las injusticias históricas es gobernar bien. Lo “institucional”, con mucha frecuencia, se interpreta como un formalismo hipócrita. Por ende, se recurre al mesianismo. El culto a la personalidad. ¿Quién es Bukele? ¿Un populista más o un verdadero visionario? 

Los latinoamericanos, históricamente, no somos los mejores escogiendo nuestros gobernantes. Eso lo sabemos muy bien. Siempre caemos en el mismo error. Siempre terminamos apoyando al “hombre fuerte” que supuestamente lo cambiará todo con su mano de hierro. Esta historia se ha repetido mil veces. La población se cansa de la clase política. Surge un hombre diferente con grandes promesas. Este salvador rompe con todos los protocolos. Y empieza a tomar medidas para corregir las injusticias. Ah, pero ahora necesita más poderes y más tiempo. Pasan los años. Y las cosas no mejoran. Sin embargo, todo es culpa de los enemigos internos y externos. La solución es más poder y más tiempo para el “hombre fuerte” que prometió solucionarlo todo.

El Salvador necesita financiamiento internacional para cubrir su déficit. En otras palabras, necesita que los inversores internacionales compren sus bonos. Esto depende en gran medida de la credibilidad del Gobierno de turno. Ahora bien, la calificadora internacional Fitch Ratings otorgó a El Salvador la calificación CCC. Moody’s le dio a El Salvador una calificación de Caa1. Y, en los listados de Standard & Poor’s, El Salvador tiene una calificación de B-. Aquí he mencionado a las principales calificaciones de riesgo crediticio a nivel internacional. La calificación del crediticia consiste en una serie de indicadores que muestran la solvencia general de una entidad. Por ejemplo, capacidad de pago. Como podemos ver, la calificación de El Salvador no es muy buena. 

El Salvador, obviamente, no cuenta con un mercado financiero interno lo suficientemente grande como para financiarse. Por ende, debe recurrir a los mercados internacionales. De hecho, el país no tiene muchas opciones de financiamiento. Porque no atrae a muchos inversores. Entonces, depende bastante del Fondo Monetario Internacional (FMI). El FMI, precisamente, se creó para financiar a países con problemas de financiamiento. Pero eso no significa que se trata de un cheque en blanco. El FMI presta dinero con condiciones.

¿Cuál es el problema? Una elevada tasa de endeudamiento y una falta de liquidez. Eso, por una parte. Por otra parte, el problema es Bukele. La actitud de macho y la concentración de poder no generan mucha confianza. No me refiero a confianza entre sus seguidores. Me refiero a la confianza entre los inversores. De hecho, es muy fácil imaginar a Bukele enviando un tuit y diciendo que no le pagará ni un centavo más al FMI. El Salvador es un país soberano y no soportará más las injerencias del imperio, bla, bla, bla. ¿Nos podemos imaginar al Primer Ministro de Suiza haciendo lo mismo? Bueno, a eso nos referimos cuando decimos que Bukele no inspira confianza.

Históricamente, en Latinoamérica, este problema, normalmente, se resuelve con teorías de conspiración. O sea, al parecer, se trata de un país que quiere ser libre, pero es atacado vilmente por las fuerzas imperiales. Esto, sin lugar a dudas, es una manera de ver el asunto. Y es la manera más popular entre los votantes. Otra manera de ver el asunto es que los acreedores quieren ver su dinero de vuelta. Invertir es un asunto de confianza. Y si no hay confianza, es muy difícil encontrar inversores. Sin inversión, no hay crecimiento económico.

Un país con deuda en dólares necesita ingresos en dólares. En otras palabras, lo que se requiere es estabilidad monetaria y macroeconómica. Se podría decir que es muy importante para un país como El Salvador poner su casa en orden. El problema no es Bitcoin. Bitcoin es un activo maravilloso. Aquí el problema es una ley que se aprobó en tiempo record. Bukele hizo el comentario en un rally. Y, en cuestión de una semana, la ley se aprobó en el parlamento. Nos podemos imaginar la calidad de ese debate. ¿Y qué dice la población? Bueno, 70.1% de los salvadoreños desconfía del plan. Siete de cada diez salvadoreños dice desconfiar del sonado plan gubernamental respecto a bitcoin, luego de más de cuatro meses de circular el criptoactivo como moneda de curso legal en el país centroamericano según un sondeo realizado por el Instituto Universitario de Opinión Pública de la jesuita Universidad Centroamericana (UCA).

Una muy buena idea puede convertirse en una muy mala idea debido a una mala implementación. Las medidas apresuradas suelen terminar en desastre. No se trata de colocar a Bitcoin como moneda de curso legal y ya. Eso es pensar con los pies. Bukele envía, de vez en cuando, tuits diciendo que compró la caída. Pero nadie sabe a ciencia cierta la cantidad de BTC en ese fondo. Al parecer, eso se está manejando como la bodega familiar de un barrio popular. Puros anuncios grandilocuentes. Muchísima discrecionalidad por parte de la cabeza. Aplausos aquí. Aplausos allá. Pero no hay data dura. No hay estudios serios. Se trata de un experimento impulsado por Bukele.

Cuando el líder de un país se pelea con sus acreedores internacionales, el gran perdedor de esta historia siempre es el pueblo. El líder puede seguir controlando la narrativa. Y el pueblo puede seguir tragando mentiras por mucho tiempo. En Latinoamérica, llevamos siglos en lo mismo. Es muy fácil para un reportero como Max Keiser visitar El Salvador y hablar de la utopía que supuestamente se está construyendo en el lugar. Aquí todos están ganando algo. ¿Cuántas celebridades no visitaron al finado Hugo Chávez? Es el pueblo el que finalmente sufre las consecuencias de esos shows mediáticos. 

¿Por qué la discordia? Se trata de un deudor y su acreedor. El deudor quiere hacer lo que le da la gana. Pero quiere más dinero de su acreedor. El acreedor quiere garantías de que recuperará su dinero. También tenemos a una nutrida barra aplaudiendo todas las payasadas del deudor. Esta barra aplaude porque la diatriba le resulta entretenida, pero obviamente no entiende lo realmente está pasando. En el fondo, sin embargo, todos sabemos la verdad. El Salvador necesita del FMI. Pero el FMI no necesita de El Salvador. Tarde o temprano, los dos bandos deben sentarse a negociar. 

  

Este es un artículo de opinión y Cointelegraph no se adhiere necesariamente a lo expresado aquí por el autor

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